La indiferencia es la peor cosa
Últimamente mis conquilinos muestran una cierta indiferencia hacia mí. Yo, como otras veces en los últimos años, ya no voy a pedir migajas de atención. Ni de afecto. Es insoportable que te lloren cariño. Te aleja aún más que te supliquen atención. Entonces actúo con naturalidad. Como si el hecho de que no me hablaran fuera porque están cansados –como yo– por el trabajo. Llegamos siempre reventados de trabajar.
Pero yo sé que no es cansancio. Por desgracia, esta vez, como otras, en los últimos años, he empujado a fondo la paciencia de la gente. Uno, con tal de llamar la atención de los otros pisa el acelerador sin pensar que puede lastimarlos (a los que más quiere), y así pierde no sólo su atención, sino también su preocupación y su cariño. Y todo surgió por accidente, yo les juro que fue un accidente.
Lo que pasó fue que un día, a finales de noviembre, (menos de tres semanas atrás), yo estaba volviendo de los cursos que doy a la noche, y quería llegar a casa temprano. La clase termina a las diez y media, diez minutos me quedo charlando con mis alumnos, y no quiero volver a casa a medianoche. Entonces esa noche decidí venir a casa por la circunvalación, porque era ya bastante tarde.
La circunvalación no es un lugar para motitos, pero yo estaba cansado y no tenía ganas de atravesar la ciudad.
Sólo que mientras bajaba de la rampa que desemboca en el Corso Australia (así se llama esa parte de la circunvalación), tomé demasiado envión en la bajada y desemboqué en el medio de la calzada, en vez de en el carril de la derecha, como sería preciso.
Es una cosa muy peligrosa eso que hice, porque en el Corso Australia los autos vienen a mil, y los que más rápido van, son los del carril del medio. Fue una cosa de total desatención. Una imprudencia fatal. Un acto de inconsciencia. Hay que hacer las curvas cerradas, contra la derecha, despacito, y esperar a que no venga nadie. En cambio yo me largué, con el motor y el envión de la bajada hice la rampa a 60 kilómetros por hora y terminé en la mitad de la calle. No miré por el espejito (el espejito es muy chiquito, es redondo y no da una buena visión) para ver si venía alguien, y en el momento justo en el que desembocaba sentí un frenazo detrás de mí y ví un auto que por esquivarme hizo una maniobra de rally, dejando marcadas las gomas en el pavimento. El conductor se bajó del auto, y también su acompañante, gritándome y caminando hacia mí, que había desacelerado la marcha por el susto, pero viendo que estaban hechos unas furias tiré el acelerador y seguí, porque si me paraba a pedirles discuplas, me mataban. Es que si el espejito retrovisor estuviera hecho como Dios manda, o sea convexo, en modo de reflejar con mayor amplitud lo que tengo atrás, yo hubiera visto que venía un auto y no me le hubiera puesto en el camino, pero el espejito era muy chiquito, y era uno solo.
Al final llegué a casa tarde. Porque la circunvalación no tiene semáforos, pero son más kilómetros. Andrea estaba leyendo el diario (los lunes, Andrea siempre lee los resultados de los partidos en el diario) y le conté. Le dije que lo había hecho para ahorrar tiempo. Él miró el reloj, en silencio, y se acercó a la ventana y dijo “Dios mío, Mariano”.
A mí me gustó que me dijera así, porque era un gesto de que se preocupa por mí. No era indiferencia. Y a mí la indiferencia me mata.
Después llegó Alberto. Yo estaba sentado en el rincón del sofá donde me siento siempre cuando llego del curso. Andrea le abrió la puerta e intercambiaron unas palabras. A mí me había parecido que Andrea le estaba contando, pero el que más habló, al final, fue Alberto. Después de intercambiar estos veinte segundos de palabras, Alberto dirigió la mirada hacia el rincón donde estaba yo, con los ojos entre preocupación y emoción. Y yo sentí algo parecido a lo que siento cuando me traen la leña y me dicen “prendéte la estufa que hace frío”, o “dejá que cocino yo, que compré jamón y puse el agua, comamos juntos”. La indiferencia es la peor cosa, y cuando me demuestran afecto, yo me conmuevo, porque afecto en esta tierra, no se ofendan, pero me falta.
Y yo hago muchas cosas para obtener muestras de afecto. Pero lo que me pasó con la moto fue un accidente, de ninguna manera fue un pedido de atención.
Andrea me dio la espalda, se puso la campera y se fue con Alberto en su auto.
Que se vayan por su cuenta yo lo puedo soportar, porque son primos: tienen la misma edad, los mismos amigos, una serie de cosas en común que yo no tengo. Pero que se vayan sin saludar, me destroza. La indiferencia es la peor cosa.
Volvieron a casa a las dos de la mañana arrastrando los pies y llorando como borrachos desquiciados.
Al día siguiente ni los vi. Andrea sale siempre y Alberto se va a lo de la novia.
En los días sucesivos nos cruzamos varias veces, pero ni palabra.
Yo como siempre, saludo. Yo hago de cuenta que no pasa nada, porque sería en vano. Más te llora el perro y más le querés pegar.
Y esto repercute en todo. En el trabajo. En el trabajo es cada vez peor. No logro nunca ponerme al día. Estoy siempre entre los papeles de las semanas pasadas. Han puesto una chica para ayudarme pero yo no logro hacer nada. Las pilas de papeles amanecen ahí como si yo no hubiera hecho nada el día anterior. Es como en esas pesadillas que corrés pero no llegás, que te estirás pero no alcanzás, que bebés pero no se te va la sed.
Y esto es así contínuamente. Es increíble lo mal que me hace la indiferencia. Pero yo hago de cuenta que las cosas no han cambiado. Yo hago de cuenta que todo es normal. Que tengo todo asumido.
Mi psicóloga me decía siempre que uno tiene que hacer cosas por sí mismo. Hacer cosas que a uno le den satisfacción. No depender de los demás. Que cuando uno hace las cosas por sí mismo, ve más claro lo que tiene alrededor. Logra ver con más claridad lo que pasa. Puede entender lo que le está pasando.
Así es que hoy no fui a trabajar y fui al centro, al negocio de Óscar (ya les he hablado de él, es nuestro vecino de abajo, el hombre que se volvió loco cuando se fue su mujer, que grita a la noche, que ve fantasmas, que dice que yo tengo una «máquina a baterías que no lo deja dormir de noche», que confunde la realidad con su imaginación; ya les he hablado de él). Óscar tiene un negocio de accesorior para motos. Cuando entré me saludó con particular simpatía. Me preguntó por Andrea y Alberto. Me preguntó si yo había entendido lo que había pasado, lo que estaba pasando. A mí no me interesaba su punto de vista, así que le dije que sí. Él, de todos modos, me hacía preguntas con dobles sentidos. Preguntas capciosas. Yo lo escuchaba con naturalidad. Empecé a entrever lo que me quería decir. Pero hacía como si fuera normal. Como si ya lo supiera. Él quería que yo me diera cuenta solo cuál era el motivo por el cual Andrea y Alberto no me hablaban. Me acerqué a un parabrizas que colgaba del techo. Me acerqué al espejito. En ese momento sentí un escalofrío.
No dije nada. Pero se me asomaron lágrimas a los ojos. Entendí. Finalmente entendí. Me hizo muy mal, pero por otro lado fue un alivio. Comprendí que lo de los chicos hacia mí no era indiferencia. Era lo único que me importaba.
Mirando el espejito, en el que se reflejaba sólo Óscar, jugueteando un poco le dije a Óscar “este te da una imagen bien amplia, con éste ves los que están atrás, y los que están al costado”, le dije. “Exactamente”, respondió él.
“Un espejo así, hace dos semanas, me hubiera salvado la vida en el Corso Australia”
El accidente en el Corso Australia fue un accidente fatal. Cuando Alberto se enteró fue a buscar mi cuerpo con Andrea y volvieron llorando. En ese momento entendí todo.
“El espejito te lo podés llevar, me cobro con los repuestos que saqué de tu moto”.
Me fui del negocio de Óscar con el espejito. Nunca más me voy a reír cuando dice que ve a los muertos.