Uropa
Cuando desembarqué en Italia y lloraba siempre, llamando cada dos por tres a mi familia y mandando docenas de e-mails a la semana, donde escribía todo lo feo que me pasaba, hubo quien me dijo que yo había venido a Italia para extrañar. Extrañar mi gente, mi familia, mis costumbres y por extensión la idiosincrasia argentina.
Yo, de pibe, quería vivir en Francia para viajar a Rusia. De adolescente quería estar en Estados Unidos con Stellamaris, para vivir dentro de una serie de televisión. A dieciocho quería vivir en Inglaterra para hacerme el Lord, y cuando cumplí 20 años comprendí que mi futuro próximo residía en Italia.
Yo, años atrás, quería vivir acá para caminar por las callecitas estrechas, para conocer la historia tocándola con la mano, para agregar a mis amigos de siempre otros amigos nuevos, y esperarlos en la escalinata del Duomo.
Cuando pensaba en los autores exiliados, me venía en mente la búsqueda de lo nuevo como sostitución a lo perdido, a los teléfono públicos argentinos que sus amigos llenaban de moneditas falsas. Una vez, viendo los teléfonos públicos anaranjados de Entel, mi papá me contó que durante el período de la dictadura, cuando los encargados de la compañía telefónica abrían la cajita fuerte de los teléfonos, encontraban desde piedritas hasta moneditas falsas que la gente usaba para llamar a España a sus parientes exiliados o que por motivos políticos residían en el extranjero... Me da una cierta nostalgia.
Cuando desembarqué en Italia, me econtré con teléfonos celulares a raudales, planos tarifarios hiperconvenientes a los cuales mi madre y mis amigos se abonan para llamarme. Me traje a Italia Internet con mis direcciones de e-mail, mi sitio web y la mensajería instantánea. Y encima tengo también el chat y un programita informático que me permite llamar a todos mis amigos (incluído quien me había dicho que yo había venido acá para extrañar) a costo casi cero. Cables submarinos y comunicaciones satelitales. Mensajes de voz y ahora también un blog.
Todo esto es netamente distinto de la vida de los exiliados de aquellos tiempos, y se contrapone a lo que me esperaba yo de Uropa vivida como extranjero.
¿Y quien saber una cosa?