3 de mayo de 2006

Uropa

Cuando desembarqué en Italia y lloraba siempre, llamando cada dos por tres a mi familia y mandando docenas de e-mails a la semana, donde escribía todo lo feo que me pasaba, hubo quien me dijo que yo había venido a Italia para extrañar. Extrañar mi gente, mi familia, mis costumbres y por extensión la idiosincrasia argentina.

Yo, de pibe, quería vivir en Francia para viajar a Rusia. De adolescente quería estar en Estados Unidos con Stellamaris, para vivir dentro de una serie de televisión. A dieciocho quería vivir en Inglaterra para hacerme el Lord, y cuando cumplí 20 años comprendí que mi futuro próximo residía en Italia.

¡Los autores extranjeros, y los que se exiliaron en Uropa escriben cosas bellísimas! Asisten a debates con oradores franceses, comen baguettes y mignons, leen periódicos revolucionarios, viajan en tranvía, esperan que el semáforo se ponga en rojo para cruzar la calle, escuchan Edith Piaf, Mähler... Entienden de arte, fuman cigarrillos de marcas extranjeras, miran películas en lengua original, compran libros por la calle, tienen esposas maduras y años antes probablemente físicamente fascinantes, pero seguramente inteligentes. Viajan en tren, tienen un bodeguero de confianza. Los fotografían en blanco y negro y aparecen siempre en la contratapa de sus libros, que dicho sea de paso, se venden como pan caliente.


Yo, años atrás, quería vivir acá para caminar por las callecitas estrechas, para conocer la historia tocándola con la mano, para agregar a mis amigos de siempre otros amigos nuevos, y esperarlos en la escalinata del Duomo.

Cuando pensaba en los autores exiliados, me venía en mente la búsqueda de lo nuevo como sostitución a lo perdido, a los teléfono públicos argentinos que sus amigos llenaban de moneditas falsas. Una vez, viendo los teléfonos públicos anaranjados de Entel, mi papá me contó que durante el período de la dictadura, cuando los encargados de la compañía telefónica abrían la cajita fuerte de los teléfonos, encontraban desde piedritas hasta moneditas falsas que la gente usaba para llamar a España a sus parientes exiliados o que por motivos políticos residían en el extranjero... Me da una cierta nostalgia.

Cuando desembarqué en Italia, me econtré con teléfonos celulares a raudales, planos tarifarios hiperconvenientes a los cuales mi madre y mis amigos se abonan para llamarme. Me traje a Italia Internet con mis direcciones de e-mail, mi sitio web y la mensajería instantánea. Y encima tengo también el chat y un programita informático que me permite llamar a todos mis amigos (incluído quien me había dicho que yo había venido acá para extrañar) a costo casi cero. Cables submarinos y comunicaciones satelitales. Mensajes de voz y ahora también un blog.

Todo esto es netamente distinto de la vida de los exiliados de aquellos tiempos, y se contrapone a lo que me esperaba yo de Uropa vivida como extranjero.

¿Y quien saber una cosa?

Me encanta.

2 de mayo de 2006

El valor de las cosas auténticas

A falta de un impulso inicial, arranco en segunda para decirles a todos esta cosa que me pulsa dentro.

Me están sucediendo al rededor cosas bellísimas, que determinan un cambio epocal. Pero para explicar por qué es epocal, habría que volver atrás en el tiempo, y contar de cuando me fui de mi Palermo adoptiva para que me adoptara una Pàdova ártica que por mucho tiempo no me dio ni diez de bola. Tendría que narrar de todo el tiempo que pasé solo, sin amigos, sin reposo, sin una compañera y sin ninguna pasión por las cosas. Podría llamarlo “el período sin”, señado por la ausencia de las cosas basilares que llevan al bienestar interior.

Hoy, tres años después, me miro al rededor y veo que tengo lo que busqué por tanto tiempo.

Me miro al rededor y veo Cinzia, Lore, Andre.

Miro adelante y veo Glenda. Cercana y lejana, y aún así espléndida.

Enciendo la luz y veo a Mónica, Ricky, Julio. Veo las Silvias. Veo Brigitta, hermosa dentro y fuera. Pietro, Paolo y los otros santos. Veo a Màssimo, Federico, Luca y Anna, cada vez más cercanos.

Miro hacia atrás y veo a mi amada soledad, que se queda dormida, como una bestia que se da por vencida, tal vez porque es menos amada.

Estiro la mano y toco el resto. Infinitamente agradable y heterogéneamente protagonista.

Y escucho Franco Battiato que dice “de nuevo vivo”.

Y me doy cuenta de que mi felicidad viene de la existencia de mis amigos. De escuchar que me dicen “te quiero” y de sentir que me quieren.

Y me acuerdo de la metáfora de mi amigo Facundo: “el amor son tu ruedita y la suya girando juntas. Si la suya se detiene, vos podés estirar tu mano y hacérsela girar... pero no es justo”. Y lo que me enseñó Cinzia “amor quiere decir igual a”. Ambas cosas corresponden al principio de reciprocidad y equidad que se encuentran a la base de mis conviciones en materia de relaciones.

Hay dos realidades en nuestra vida:
1° y menos importante) los efectos que poseo,
2° y más importante) los afectos que poseo.

Dime con quién andas y te diré quién eres. Es por eso que soy rico, bello, bueno, y sobretodo muy buena compañía.