Al final pasó. Italia se llevó la Copa del Mundo. Alegría inconmensurable. Un país de fiesta. La revancha que Argentina no tuvo. La alegría de saber que no es Francia. El orgullo de un árbitro argentino (mediocre, pero argentino). La tranquilidad de saber que no pierdo el puesto de trabajo! La ducha de champagna. El chapuzón en la fuente del Prato della Valle. Fui a ver el partido en el BarLume, el bar de confianza. Con el riesgo de que me hicieran el pogo encima (para mis abuelas: hacer pogo sobre alguien quiere decir saltarle encima en grupo), porque el árbitro al comienzo se portó un medio mal concediendo un penal a los franceses, y mis amigos me miraron todos con cara de "'sti argentini...". Ya me habían amenazado de pogo. Yo vi impacible todo el partido (el primer partido de fútbol que veo entero desde el mundial del 94). Y me quejé de las únicas cosas que aprendí viendo jugar a mis amigos: "te la estás comiendo, no te la comás! No te la comás!" Y después, cuando el atacante llegaba solo solito al área del adversario, yo gritaba "Pero está solo, la recón... está solo". Mi sensibilidad llega hasta ahí. Sin cámara de fotos. Sin beber una gota de alcohol. La victoria quería disfrutármela en pleno. Y estas cosas, o se viven, o se documentan. Yo preferí vivirla. Para documentarla estaban los periodistas. Cuando el partido terminó, salimos en caravana por las calles de una Ciudad en Fiesta. Pádova tiene 200.000 habitantes, todos muy discretos, ellos. Pero esa noche (porque acá eran las 23 cuando terminó) de discreción a mis conciudadanos les quedó poco, y se sacaron la remera y bajaron a la Plaza. A Pádova la caracterizan sus plazas. La más grande de ellas, es oval y grande como un hipódromo, y tiene un canal artificial que circunda una isla artificial, todo poblado de estatuas del 1600. Esta plaza se llama Prato della Valle, y no es sólo una de las más hermosas que he visto, sino la más grande de Europa. Sí señor, hay un solo predio más grande que el Prato della Valle, y no es una plaza, se llaman campos, y son elíseos (Champs Elysées, en París). El Prato della Valle por lo general es un lugar tranquilo (hacen falta más de 100.000 personas para llenarlo), y por lo general no hay más de un centenar de personas, livianamente distribuídas entre las estatuas, los nogales, el canal, la isla central (que se llama ísola Memmia) y la fuente en el centro de la islita. La noche de la final, toda Pádova fue hacia ahí. A pie, en bici, moto, camioncito y patineta.
El Prato della Valle lleno hasta las tetas, gente por doquier. Cienmil personas borrachas de alegría. Yo con mis amigos, empapados de champagna. Cantos, cintas, coros, banderas, miles de banderas. Miles y miles de personas. Fuegos artificiales. Luces de colores. No había distinción ni de raza, ni política, ni de sexo. Todos juntos éramos uno solo, con la fuerza de miles. La fuente en el centro de la islita estaba llena de gente que chapuceaba, la ísola Memmia, llena de agua. Con codos y uñas y dientes logramos llegar hasta la fuente. Nos miramos, nos entendimos, y al final también nosotros, en calzones y zapatillas, nos metimos en la fuente, con el centenar de personas que se chapuceaban en ese mar de alegría, en ese jolgorio de agua, en ese maremoto de júbilo. En ese momento para mí no hubo tampoco diferencia de nacionalidad. El goce era infinito. Y yo me lo disfruté. Los Campos Elíseos son grandes. Pero el Prato della Valle está lleno de Gloria.