23 de marzo de 2010

El Amor de Dios y el Estado de Derecho

Lo bueno del estado de derecho, tal y como el derecho positivo de los sistemas jurídicos occidentales entiende la cuestión, es el porqué de tal estado.
El estado de derecho se puede definir como aquél en el cual la ley guía el comportamiento de los individuos para favorecer, si no garantizar, la convivencia pacífica y la promoción personal. Una consecuencia suya, que está también a la base, siendo así causa y efecto, es la protección de los más débiles, un concepto que los teóricos del derecho consideran como la mayor ventaja de tal estado a nivel social.
En un estado de derecho la ley es igual para todos, cada individuo goza de los mismos privilegios (legalmente hablando), y las obligaciones afectan a todos en modo proporcional. Si eso no es justicia, al menos es justo.
En esta ocasión no voy a poner en tela de juicio si Italia es o no es un estado de derecho, sino que voy a dar por descontado que lo es, como lo supone la Constitución de 1948, y me voy a limitar a admitir que el sistema tiene baches que hacen que sea lícito pensar que no lo es.

La cosa que me enferma, es que el estado de derecho a veces exagera. Tal vez el debate intrínseco esté en el hecho de que el estado de derecho se contrapone necesariamente al estado regulado por la ley del mercado (oferta vs. demanda), no lo sé. Lo que sí sé es que proteger al más débil tout court, gran parte de las veces acaba por no ser competitivo.

La lengua italiana tiene una expresión muy útil que no por casualidad la pongo al centro de esta nota. «Estar afuera de la Gracia del Señor». Describe a una persona poco afortunada. El concepto de fortuna en este caso requeriría un análisis extensivo, pero para encanalar vuestras ideas, diré que no hablo ni de lotería ni de amor. Encontrarse fuera de la Gracia del Señor es otra cosa.

Cuando yo no estuve a dentro, el estado de derecho mucho no me pudo tutelar, y perdimos todos, porque la falta de competitividad dentro de un sistema económico se paga caro. Yo pagué con tiempo y dinero, porque sin la moto tuve que ir a trabajar en autobús. Autobuses de un sistema saturado al cual no le sobra nada, excepto exceso de pasajeros. Y mi agregarme al exceso es parte de cómo pagaron los otros.

Ahora que de nuevo motorizado puedo ir a trabajar, mi actividad productiva la llevo a cabo en manera más eficiente, donde eficiente es igual a misma eficacia con menos consumo. De tiempo y de dinero.

Vistas todas estas premisas, y considerando:
·        que algunos de los individuos de este estado de derecho tenemos que ir a trabajar,
·        que el combustible nos lo pagamos solitos,
·        que el tiempo apremia (y que aun cuando no apremiara podríamos usarlo para otras cosas, ora productivas, ora recreativas).
Lo que yo me pregunto es:
¿Sería o no sería tutelar al más débil pedirle al Estado el derecho de poder circular por la ciudad sin tener que ralentizar porque hay gente, improductiva, que va por la calle paseando, fuera de la Gracia del Señor, en los momentos de hora pico?

¿Por cuál motivo, yo, que oscilo entre el cristo y el cristiano, que vivo en un mundo en el cual la optimización del tiempo, de los espacios, de los recursos, (y el uso correcto de los tres), condicionan la supervivencia... ¿por qué motivo yo, que me las arreglo lo mejor que puedo, sin tachar ni que me tachen... ¿por qué motivo yo, que salgo de casa a tiempo y para ir con calma, tengo que bancarme que el Estado dé el Derecho a aquellos hacia los cuales el Amor de Dios ha sido menos evidente?

22 de marzo de 2009

In messenger: non in linea.
In Skype: invisibile.
Il cellulare: fly mode.
La giacca: con cappuccio
Gli occhiali: da sole.
La finestra: chiusa; la serranda: abbassata.
La voglia di vederti:

30 de enero de 2009

Los celulares y yo

11/01/2002 ~ 14/05/2003: Mitsubishi Trium, fue perdiendo las teclas progresivamente.
14/05/2003 ~ 15/08/2004: Télit, comenzó a apagarse el 31/12/2004, pero me aguantaba.
15/08/2004 ~ 02/07/2005: Nec: se ahogó en el bolsillo impermeable de mi chaqueta impermeable.
02/07/2005 ~ 21/04/2006: Nokia 3310: prestado,
22/04/2006 ~ 26/04/2006: Siemens, regalado. Después de cuatro días me dí cuenta que el cero no funcionaba.
26/04/2005 ~ 06/07/2006: Nokia 3310 prestado, de nuevo, un 6 de julio cerró los ojos.
06/07/2006 ~ 28/08/2006: Siemens de nuevo, par desperasión.
28/08/2006 ~ 01/10/2008: Nokia 6234, desde el inicio se apagaba durante las llamadas, pero no tenía garantía.
01/10/2008 ~ 11/11/2008: Nokia N73, me lo regaló la empresa. Lo perdí al mes y medio.
11/11/2008 ~ 19/01/2009: Nokia 6234, de nuevo, hasta que se apagó en una conversación importante y decidí reventarlo con furia contra el suelo.
19/01/2009 ~ 28/01/2009: Nokia 3110, lo tenía en custodia cautelar, y decidí usarlo, hasta que lo mandé al legítimo dueño.
28/01/2009 ~ 26/12/2009 :Nokia 6085
26/12/2009 ~ 24/06/2011: Nokia E51 ... LO MEJOR QUE TUVE
24/06/2011 ~ 15/07/2011: Samsung SGH 636
15/07/2011 ~ 15/09/2011: Motorola V3
15/09/2011 ~ ... : Nokia 2220

13 de enero de 2009

Lo que se forja durante el sufrimiento, te queda para siempre.

8 de noviembre de 2008

Vos iluminista, yo, iluminado.
Vos romanticista, y yo, romántico.
Al final,
entre diferencias y similitudes,
antes de que pudiéramos apagar el velador,
se nos terminó la vela.

Y no pudimos conjugar el verbo.

2 de noviembre de 2007

I fatti della vita non sono che una serie di eventi riconducibili alle parole giuste dette al momento giusto, o alle parole sbagliate pronunciate al momento sbagliato.

3 de julio de 2007

Era una excusa

Por mucho tiempo durante mi vida, mis amistades fueron siempre patológicamente unipersonales. Pero eso, llegado a un cierto punto, cambió.
En esa época de morbosas relaciones uno a uno, donde uno se cierra el camino solo, la incondicionalidad era de casa. Te doy todo sin condiciones y de vos espero todo, sin garantías, aunque sé que no me lo darás, y me consolaré con lo poco que podrás darme lamentándome de tanto en tanto (como una privatización a forfait) .
Y para disimular la incondicionalidad, apostillaré una remota cláusula lejana, poco posible y seguramente improbable. Una sola cosa que no te podría perdonar nunca. Una cosa que no harías jamás, pero que ni bien la hicieras, quedarías inmediatamente fuera de mi círculo, de mi camino al rededor de la colina, de la órbita suplicante de mi peripatética amistad patológica.
Era una condición, era una ilusión, era una excusa, era ficticia, y era todo excepto una cosa que pudieras hacer.
Y que de hecho no hiciste nunca.
Hoy que, a paridad cambiaria, ya no somos amigos, ¿quién hubiera pensado que ni siquiera hacía falta que la hicieras?

Saturno en Géminis

Saturno es el planeta que, según los astrólogos, cuando lo tenemos contra nuestro signo zodiacal, implica rupturas, cambios, nuevos encuentros, de los cuales podemos salir ajetreados y cambiados, inclusive para mejor.

Dos conclusiones aterradoras:
1) No hace falta morir para perder la propia vida.
2) Soy demasiado joven para ser padre.

Hace una semana estaba excitadísimo porque falta poco para irme a Rusia, porque había aprobado un examen, porque la redistribución de los muebles de mi habitación había generado nuevos multiespacios, porque con la guita gracias a mí (y no gracias a Dios, que se ocupa de otras cosas), con la guita estaba llegando a fin de mes. Y porque tenía la comodidad de una parte del alquiler pagada, sin el peso de un cuarto inquilino.
No tenía grandes preocupaciones, sino esperanzas, y podía decidir si ponerme a estudiar, si ponerme a armar el rompecabezas, o salir con mis amigos a tomar aire.

Esa vida se terminò.


Un desolador domingo por la tarde de verano, con la ciudad vacía, todo se desvaneció. El papá de Max, mi coinquilino siciliano que falleció en marzo, me dijo que el miércoles desocupaba la habitación. Y esa habitación la prometí al inquilino albanés. Entonces se desocupa una habitación. Y tengo que meter otro inquilino en la casa. Solo que, con la ciudad vacía como está, sin estudiantes por las calles, ¿cómo carajo hago yo para encontrar una persona dispuesta a pagar ese precio por una habitación tan pequeña? No puedo bajarle el precio sin subirle el precio a los demás. Porque si así fuera, la habitación grande (que es la que tengo yo) tendría que subir de precio. Y no me lo puedo permitir. Estando vacía la ciudad, vendrán dos gatos locos a ver la casa. Y no me puedo permitir que me digan que no me van a pagar esa cifra por una habitación tan pequeña. La domanda de casa en esta época es escasísima, y la oferta es excesiva. Así que o mejoro la oferta o bajo el precio. Y lo segundo, no puedo hacerlo. Así que tengo que hacer una oferta que nadie pueda rechazar. Se trata de mi habitación, que es la más grande, y yo iré a dormir en la habitación pequeña. Un sacrificio que tengo que hacer para no arruinar otros equilibrios precarios. Después de 23 años de espera no puedo faltar a Rusia.
Vuelvo al agujero. Regreso a la habitación pequeña, sin màs espacios que para la cama y el ropero.

Debo optimizar el tiempo, entre trabajo y resolución de los problemas. Es un desafío, pero parece que tengo a Saturno en contra.
Y yo anoche tuve la toma de conciencia de que Max murió, cuando empezamos a vaciar su habitación, a desarmar la computadora, a descolgar los cuadros, a empaquetar su ropa. Fue durísimo quitar la funda a su auto nuevo apenas usado, y ponerlo en marcha y llenarlo de sus cosas, que ya no veré más.
Hasta ahora mi forma de extrañarlo se sentía cuando quería contarle algo y repentinamente me daba cuenta de que no podía hacerlo, ni llamarlo, ni mandarle un mensaje, ni dejarle una nota.
Y en estos meses fueron tantas las cosas que hubiera querido decirle, de las cuales nos hubiéramos reído juntos. Eran los momentos mejores, cuando nos dábamos cuenta que éramos padres, madres, tutores y encargados de los otros dos coinquilinos. Ahora estoy sólo y me siento padre de dos bastardos que no saben ni tirar la cadena. Y yo no quería ser padre a los 26.
Desde que se fue, la habitación de su puerta cerrada, sus fotos con las flores en el living, su auto cubierto con funda y su moto en el garage lo tenían con nosotros.
Ahora se llevan sus cosas, Saturno en contra, y se va.
Ahora sí que lo voy a extrañar.

14 de agosto de 2006

Varieté argentina

Para destornillarse de la risa

11 de agosto de 2006

Listen to your heart

26 de julio de 2006

Wanda Nara: vean y digan: ¿por qué no opinan?

Dijo mi hermana:
«Querido hermano, yo si se lo que es un blog, y no te preguntaria con que se come!!!y si nadie opina en tu blog deberias preguntarte por qué no opinan, besos».
Por lo pronto opina por e-mail. Tal vez porque al blog ni entró.
Después me puse a dar vueltas en los blogs de los demás argenautas, y encontré este video.
Creo que ahora entiendo por qué no opinan.

20 de julio de 2006

¿Cómo le digo a mi vieja que tengo un blog?


¿Se imaginan lo que puede llegar a pensar mi vieja si le digo que tengo un blog? Mi hermana podría preguntarme con qué se come, y mi viejo preguntaría si es a pilas o a cuerda.
Mi abuela diría que sabe lo que es y haría como si nada.
Mi familia está completamente afuera de mi blog. Y mis amigos también.
Renata que es una sufragette liberalista se animó a interactuar con él y decirme sin trapujos lo que pensaba.
¿Cómo le dijo a mi vieja que tengo un blog?
Un blog es una especie de diario semipúblico en la cual escribo en artículos breves lo que me pasa, las cosas que voy viviendo, las experiencias y las reflexiones. Y al pie de cada artículo, la gente que me conoce puede dejar su opiñión, su comentario. Puede firmarlo o puede dejarlo anónimo.
Es útil al lugar de los e-mails multidestinatario en los cuales cuento cosas que no sé si todos los lectores quieren saber, porque el blog lo visitás voluntariamente.
En mi sitio www.corazondeviaje.com basta hacer clic sobre "Mi blog" y en menos de un par de segundos aparece el diario con los artículos uno detrás del otro, al pie de los cuales dice "comments" y basta hacer clic ahí para dejar la propia opiñión.
Vengan a verlo.

11 de julio de 2006

La selección Italiana campeona del mundo

Al final pasó. Italia se llevó la Copa del Mundo. Alegría inconmensurable. Un país de fiesta. La revancha que Argentina no tuvo. La alegría de saber que no es Francia. El orgullo de un árbitro argentino (mediocre, pero argentino). La tranquilidad de saber que no pierdo el puesto de trabajo! La ducha de champagna. El chapuzón en la fuente del Prato della Valle. Fui a ver el partido en el BarLume, el bar de confianza. Con el riesgo de que me hicieran el pogo encima (para mis abuelas: hacer pogo sobre alguien quiere decir saltarle encima en grupo), porque el árbitro al comienzo se portó un medio mal concediendo un penal a los franceses, y mis amigos me miraron todos con cara de "'sti argentini...". Ya me habían amenazado de pogo. Yo vi impacible todo el partido (el primer partido de fútbol que veo entero desde el mundial del 94). Y me quejé de las únicas cosas que aprendí viendo jugar a mis amigos: "te la estás comiendo, no te la comás! No te la comás!" Y después, cuando el atacante llegaba solo solito al área del adversario, yo gritaba "Pero está solo, la recón... está solo". Mi sensibilidad llega hasta ahí. Sin cámara de fotos. Sin beber una gota de alcohol. La victoria quería disfrutármela en pleno. Y estas cosas, o se viven, o se documentan. Yo preferí vivirla. Para documentarla estaban los periodistas. Cuando el partido terminó, salimos en caravana por las calles de una Ciudad en Fiesta. Pádova tiene 200.000 habitantes, todos muy discretos, ellos. Pero esa noche (porque acá eran las 23 cuando terminó) de discreción a mis conciudadanos les quedó poco, y se sacaron la remera y bajaron a la Plaza. A Pádova la caracterizan sus plazas. La más grande de ellas, es oval y grande como un hipódromo, y tiene un canal artificial que circunda una isla artificial, todo poblado de estatuas del 1600. Esta plaza se llama Prato della Valle, y no es sólo una de las más hermosas que he visto, sino la más grande de Europa. Sí señor, hay un solo predio más grande que el Prato della Valle, y no es una plaza, se llaman campos, y son elíseos (Champs Elysées, en París). El Prato della Valle por lo general es un lugar tranquilo (hacen falta más de 100.000 personas para llenarlo), y por lo general no hay más de un centenar de personas, livianamente distribuídas entre las estatuas, los nogales, el canal, la isla central (que se llama ísola Memmia) y la fuente en el centro de la islita. La noche de la final, toda Pádova fue hacia ahí. A pie, en bici, moto, camioncito y patineta.

El Prato della Valle lleno hasta las tetas, gente por doquier. Cienmil personas borrachas de alegría. Yo con mis amigos, empapados de champagna. Cantos, cintas, coros, banderas, miles de banderas. Miles y miles de personas. Fuegos artificiales. Luces de colores. No había distinción ni de raza, ni política, ni de sexo. Todos juntos éramos uno solo, con la fuerza de miles. La fuente en el centro de la islita estaba llena de gente que chapuceaba, la ísola Memmia, llena de agua. Con codos y uñas y dientes logramos llegar hasta la fuente. Nos miramos, nos entendimos, y al final también nosotros, en calzones y zapatillas, nos metimos en la fuente, con el centenar de personas que se chapuceaban en ese mar de alegría, en ese jolgorio de agua, en ese maremoto de júbilo. En ese momento para mí no hubo tampoco diferencia de nacionalidad. El goce era infinito. Y yo me lo disfruté. Los Campos Elíseos son grandes. Pero el Prato della Valle está lleno de Gloria.

7 de julio de 2006

El mate (anónimo o no pervenido)

EL TEXTO LO QUITÉ PORQUE TOCABA EL FONDO.

Censura aplicada el 3 de Julio, 2007.
Casi un año.


6 de julio de 2006

Un mes de permiso


Hoy hace un mes que obtuve el permiso de conducir, el carné.
Otra de esas tantas cosas que te completan un poquito, como persona. Que te emancipan.
En Italia funciona así:

  1. Revisión psicofísica y certificado médico.
  2. Presentación de la solicitud (gasto complesivo € 120)
  3. Obtención del papel rosado (foglio rosa), permiso de conducir temporáneo, que te habilita a manejar por las calles en presencia de otra persona que tenga el permiso de conducir desde hace 10 años.
  4. Examen teórico, compuesto de 30 preguntas VF. Se pueden cometer 3 errores, al cuarto te bochan. Hay tres oportunidades para aprobar el examen, si la tercera sale mal, hay que rehacer todo desde el punto 1 (Revisión psicofísica). Entre prueba y prueba deben pasar mínimo un mes y un día.
  5. Examen práctico, dentro de los seis meses sucesivos a la obtención del papel rosado. Hay dos oportunidades par a aprobar el examen práctico. Si te bochan también la segunda vez tenés que rehacer todo desde el punto 1. Pare hacer el examen práctico hay que dirigirse obligatoriamente a una escuela de manejo, porque solamente ellos pueden darte el auto con comando doble que es requerido para hacer el examen. Hay que pagarles una inscripción (entre €50 y €100), y pagar por cada hora de manejo que te hacen hacer (entre €25 y €35). Gasto complesivo: €S mejor no hablar.

Lo que más cuenta cuando hacés el examen práctico es:

  • respetar los límites de velocidad
  • respetar las precedencias (ceda el paso quiere decir desacelerar y dar la precedencia)
  • respetar los pare (stop quiere decir detenerse y dar la precedencia).

Para emanciparse. Hay quien lo hace con dinero. Hay quien lo hace POR dinero. Hay quien lo hace porque lo tiene que hacer, y quien porque ya no aguanta más. Y quien, como yo, lo hace porque la vida lo requiere. Tres consejos: respetar los límites, dar la precedencia y detenerse cuando llega el momento.


30 de junio de 2006

¡Viva la Patria!


Hace un poco de minutos atrás me llevé una desilusión grandísima.
Yo quería que Argentina ganara contra Alemania. No es posible que ese país tan numeroso siga dándome estas amarguras.
Es lo que me pasa con el fútbol. Una victoria me regala un par de horas de alegría o euforia, y una derrota un par de horas de amargura.
La victoria nos hubiera acercado a un confronto con Italia, fuera como hubiera sido el resultado, me hubiera costado el puesto de trabajo. Así que por un lado tengo ese consuelo.
Por el otro tengo lo que me pasó después de que terminó el partido. Me fui de la oficina, donde había escuchado el partido por la radio, en moto, hasta casa. Y me vino en mente la canción de Elisa (que la hizo en inglés y en italiano), que en un cierto punto dice "¿vas a custodiar todo lo que te he dado?". Y como me suele pasar, me pregunté: ¿quién me está cantando esta canción? ¿quién sos y qué me diste?.
Eran los jugadores de la selección. Y lo que me dieron fueron alegrías desde el inicio del mundial hasta hoy.
Saqué el bolsillo imaginario la balancita y pesé. El peso de las alegrías fue mayor que el de las amarguras.
Llegué a casa. En una media hora tengo que salir porque Cinzia me invitó a ir con sus amigos a ver el partido en un local del centro. Voy a ir porque aprecian mi presencia. Y voy a ir con mi camiseta de la selección y mi gorrito de Argentina. Porque mi parte argentina es grande y es argentina inclusive cuando Argentina sufre una derrota.
Es mi modo de vivir: ser lo que soy, con o sin el viento a favor.

24 de junio de 2006

“Te quiero” ¿tiene que ver conmigo o tiene que ver con vos?

Alberto Mioni, mi profe de lingüística diría que “te” como pronombre personal, tiene que ver con vos, pero diría también que “quiero” está conjugado en primera persona, y que por lo tanto tiene que ver conmigo, y por lo tanto tiene que ver con ambos: el emisor y el receptor.

“Te quiero tiene que ver con el receptor”, se podría pensar, y es lícito, porque el emisor lo dice para el que lo escucha.

Pero yo creo que “te quiero” tiene que ver más conmigo, que soy quien lo dice. Con un poco de suerte seré correspondido (por vos).

Y entonces tendrá que ver con ambos.

3 de mayo de 2006

Uropa

Cuando desembarqué en Italia y lloraba siempre, llamando cada dos por tres a mi familia y mandando docenas de e-mails a la semana, donde escribía todo lo feo que me pasaba, hubo quien me dijo que yo había venido a Italia para extrañar. Extrañar mi gente, mi familia, mis costumbres y por extensión la idiosincrasia argentina.

Yo, de pibe, quería vivir en Francia para viajar a Rusia. De adolescente quería estar en Estados Unidos con Stellamaris, para vivir dentro de una serie de televisión. A dieciocho quería vivir en Inglaterra para hacerme el Lord, y cuando cumplí 20 años comprendí que mi futuro próximo residía en Italia.

¡Los autores extranjeros, y los que se exiliaron en Uropa escriben cosas bellísimas! Asisten a debates con oradores franceses, comen baguettes y mignons, leen periódicos revolucionarios, viajan en tranvía, esperan que el semáforo se ponga en rojo para cruzar la calle, escuchan Edith Piaf, Mähler... Entienden de arte, fuman cigarrillos de marcas extranjeras, miran películas en lengua original, compran libros por la calle, tienen esposas maduras y años antes probablemente físicamente fascinantes, pero seguramente inteligentes. Viajan en tren, tienen un bodeguero de confianza. Los fotografían en blanco y negro y aparecen siempre en la contratapa de sus libros, que dicho sea de paso, se venden como pan caliente.


Yo, años atrás, quería vivir acá para caminar por las callecitas estrechas, para conocer la historia tocándola con la mano, para agregar a mis amigos de siempre otros amigos nuevos, y esperarlos en la escalinata del Duomo.

Cuando pensaba en los autores exiliados, me venía en mente la búsqueda de lo nuevo como sostitución a lo perdido, a los teléfono públicos argentinos que sus amigos llenaban de moneditas falsas. Una vez, viendo los teléfonos públicos anaranjados de Entel, mi papá me contó que durante el período de la dictadura, cuando los encargados de la compañía telefónica abrían la cajita fuerte de los teléfonos, encontraban desde piedritas hasta moneditas falsas que la gente usaba para llamar a España a sus parientes exiliados o que por motivos políticos residían en el extranjero... Me da una cierta nostalgia.

Cuando desembarqué en Italia, me econtré con teléfonos celulares a raudales, planos tarifarios hiperconvenientes a los cuales mi madre y mis amigos se abonan para llamarme. Me traje a Italia Internet con mis direcciones de e-mail, mi sitio web y la mensajería instantánea. Y encima tengo también el chat y un programita informático que me permite llamar a todos mis amigos (incluído quien me había dicho que yo había venido acá para extrañar) a costo casi cero. Cables submarinos y comunicaciones satelitales. Mensajes de voz y ahora también un blog.

Todo esto es netamente distinto de la vida de los exiliados de aquellos tiempos, y se contrapone a lo que me esperaba yo de Uropa vivida como extranjero.

¿Y quien saber una cosa?

Me encanta.

2 de mayo de 2006

El valor de las cosas auténticas

A falta de un impulso inicial, arranco en segunda para decirles a todos esta cosa que me pulsa dentro.

Me están sucediendo al rededor cosas bellísimas, que determinan un cambio epocal. Pero para explicar por qué es epocal, habría que volver atrás en el tiempo, y contar de cuando me fui de mi Palermo adoptiva para que me adoptara una Pàdova ártica que por mucho tiempo no me dio ni diez de bola. Tendría que narrar de todo el tiempo que pasé solo, sin amigos, sin reposo, sin una compañera y sin ninguna pasión por las cosas. Podría llamarlo “el período sin”, señado por la ausencia de las cosas basilares que llevan al bienestar interior.

Hoy, tres años después, me miro al rededor y veo que tengo lo que busqué por tanto tiempo.

Me miro al rededor y veo Cinzia, Lore, Andre.

Miro adelante y veo Glenda. Cercana y lejana, y aún así espléndida.

Enciendo la luz y veo a Mónica, Ricky, Julio. Veo las Silvias. Veo Brigitta, hermosa dentro y fuera. Pietro, Paolo y los otros santos. Veo a Màssimo, Federico, Luca y Anna, cada vez más cercanos.

Miro hacia atrás y veo a mi amada soledad, que se queda dormida, como una bestia que se da por vencida, tal vez porque es menos amada.

Estiro la mano y toco el resto. Infinitamente agradable y heterogéneamente protagonista.

Y escucho Franco Battiato que dice “de nuevo vivo”.

Y me doy cuenta de que mi felicidad viene de la existencia de mis amigos. De escuchar que me dicen “te quiero” y de sentir que me quieren.

Y me acuerdo de la metáfora de mi amigo Facundo: “el amor son tu ruedita y la suya girando juntas. Si la suya se detiene, vos podés estirar tu mano y hacérsela girar... pero no es justo”. Y lo que me enseñó Cinzia “amor quiere decir igual a”. Ambas cosas corresponden al principio de reciprocidad y equidad que se encuentran a la base de mis conviciones en materia de relaciones.

Hay dos realidades en nuestra vida:
1° y menos importante) los efectos que poseo,
2° y más importante) los afectos que poseo.

Dime con quién andas y te diré quién eres. Es por eso que soy rico, bello, bueno, y sobretodo muy buena compañía.

25 de octubre de 2005

Broadway 91

Fue en la primavera de 1991, que llevé a mi hermana Julia al cine Broadway de calle San Lorenzo a ver “Hook”, la historia de un Peter Pan que se hizo grande. Interpretado por Robin Williams, un hombre que nunca creció, y por Dustin Hoffman el primero, uno que nunca fue pequeño.

Ambos recordamos con afecto esa ocasión, porque estando yo en quinto grado y ella en preescolar, le tuve que leer susurrando todos los subtítulos de la película a mucho pesar de los espectadores que estaban a nuestro alrededor, ya que el film estaba en inglés y ella no sabía aún leer.

Otra cosa que nos quedará en la memoria mientras tengamos, fue lo que sucedió después de la película. Cuando el resto del público se levantó y se fue a sus casas yo me quedé hasta el final de los títulos. Yo siempre me quedo hasta el final de los títulos cuando miro una película. Julia se quedó conmigo. No porque leyera, pero los cines antiguos cobran una atmósfera muy particular cuando se quedan a media luz. La trama de los asientos vacíos y la bóveda hueca del techo se llenan de penumbra y semisombra, y uno se vuelve padrón del espectáculo, una vez que termina la película.

Como en un film, nos fuimos a recorrer los palcos y los corredores alfombrados de rojo de un cine de película, y fue así que llegamos a la sala de proyección.

Allí había un señor anciano que estaba pasando la película desde el carrete grande, de vuelta a los carretes pequeños. Un señor de unos setenta años, con el pelo gris y vestido como habría estado vestido su padre cuando él nació. Esa sala de proyección, dentro de ese cine, estaba suspendida en el tiempo. Era un anacoluto anacrónico del presente. Parecía más un error en la escenografía que una trastienda. Porque no estaba del todo descolgado del entorno: el señor tenía un giradiscos, y en él giraba el vinilo de cantaniños, un disco que hubimos de escuchar miles de veces, antes de que en ese mismo año, el compact disc sustituyera el tocadiscos, y los CDs desplazaran a sus abuelos en las bateas.

Julia y yo nos disfrutamos de la aventura y de la escena con mucha complicidad. Siempre que salíamos éramos muy compinches. La cosa cambiaba cuando era el momento de volver a casa. Apenas ella veía que estábamos volviendo, se volvía rebelde. Empezaba a desobedecer, a cruzar la calle sola: a portarse mal, en resumidas cuentas.

Cuando salimos del cine, emitió su primera crítica cinematográfica: «los efectos especiales eran un poco malos. En la parte que el cocodrilo cae de boca abierta sobre el tipo, yo me fijé bien y se ve que el tipo (el actor) se corre».

Le expliqué que el tipo no se corre, que es un truco de la cámara, y que la imagen está retocada para que parezca que el cocodrilo se come al malo, pero que en realidad es una ilusión óptica, y, que en todo caso, si fuera verdad que el actor se corre mientras el cocodrilo se le está cayendo encima, nosotros no lo hubiéramos visto, porque en fase de postproducción, estas cosas se corrigen.

Pero no. Ella estaba empecinada en que ella había visto al actor correrse. «Se corre hacia un costado», decía.

La discusión con la niña rebelde prosiguió durante cuadras de caminata, y toda la magia que había habido en el cine se desvaneció en el atrio, entre el soportal y la taquilla.

El tema en cuestión vino a flote en distintas oportunidades, y al final llegó el día en que alquilamos la película en video.

En la escena en la que el cocodrilo cae sobre el actor, uno puede ver en cámara lenta cómo son las cosas.
Y no había ni rastros de que el tipo se corriera.
Lo mismo cuando vimos el film por televisión: ella sostenía que en la versión que habíamos visto en el cine, el actor se corría.

El tiempo pasó.

Ella aprendió a leer y yo a traducir otras lenguas.

La vida nos ha enseñado, en estos catorce años, perfumados y hediondos de mil magias diversas, que hay cosas sobre las que no se discute.
Los dos cambiamos mucho. Sin embargo, algunas cosas no cambian.

Y catorce años después, a fin de cuentas, ¿quién me dice a mí, que en la versión cinematográfica que vimos en el Broadway, el tipo no se corría?

Martes, 25 de Octubre de 2005
R Jueves 10 de Noviembre de 2005. 0.50 hs.

21 de diciembre de 2004

La indiferencia es la peor cosa

Últimamente mis conquilinos muestran una cierta indiferencia hacia mí. Yo, como otras veces en los últimos años, ya no voy a pedir migajas de atención. Ni de afecto. Es insoportable que te lloren cariño. Te aleja aún más que te supliquen atención. Entonces actúo con naturalidad. Como si el hecho de que no me hablaran fuera porque están cansados –como yo– por el trabajo. Llegamos siempre reventados de trabajar.

Pero yo sé que no es cansancio. Por desgracia, esta vez, como otras, en los últimos años, he empujado a fondo la paciencia de la gente. Uno, con tal de llamar la atención de los otros pisa el acelerador sin pensar que puede lastimarlos (a los que más quiere), y así pierde no sólo su atención, sino también su preocupación y su cariño. Y todo surgió por accidente, yo les juro que fue un accidente.

Lo que pasó fue que un día, a finales de noviembre, (menos de tres semanas atrás), yo estaba volviendo de los cursos que doy a la noche, y quería llegar a casa temprano. La clase termina a las diez y media, diez minutos me quedo charlando con mis alumnos, y no quiero volver a casa a medianoche. Entonces esa noche decidí venir a casa por la circunvalación, porque era ya bastante tarde.

La circunvalación no es un lugar para motitos, pero yo estaba cansado y no tenía ganas de atravesar la ciudad.

Sólo que mientras bajaba de la rampa que desemboca en el Corso Australia (así se llama esa parte de la circunvalación), tomé demasiado envión en la bajada y desemboqué en el medio de la calzada, en vez de en el carril de la derecha, como sería preciso.

Es una cosa muy peligrosa eso que hice, porque en el Corso Australia los autos vienen a mil, y los que más rápido van, son los del carril del medio. Fue una cosa de total desatención. Una imprudencia fatal. Un acto de inconsciencia. Hay que hacer las curvas cerradas, contra la derecha, despacito, y esperar a que no venga nadie. En cambio yo me largué, con el motor y el envión de la bajada hice la rampa a 60 kilómetros por hora y terminé en la mitad de la calle. No miré por el espejito (el espejito es muy chiquito, es redondo y no da una buena visión) para ver si venía alguien, y en el momento justo en el que desembocaba sentí un frenazo detrás de mí y ví un auto que por esquivarme hizo una maniobra de rally, dejando marcadas las gomas en el pavimento. El conductor se bajó del auto, y también su acompañante, gritándome y caminando hacia mí, que había desacelerado la marcha por el susto, pero viendo que estaban hechos unas furias tiré el acelerador y seguí, porque si me paraba a pedirles discuplas, me mataban. Es que si el espejito retrovisor estuviera hecho como Dios manda, o sea convexo, en modo de reflejar con mayor amplitud lo que tengo atrás, yo hubiera visto que venía un auto y no me le hubiera puesto en el camino, pero el espejito era muy chiquito, y era uno solo.

Al final llegué a casa tarde. Porque la circunvalación no tiene semáforos, pero son más kilómetros. Andrea estaba leyendo el diario (los lunes, Andrea siempre lee los resultados de los partidos en el diario) y le conté. Le dije que lo había hecho para ahorrar tiempo. Él miró el reloj, en silencio, y se acercó a la ventana y dijo “Dios mío, Mariano”.

A mí me gustó que me dijera así, porque era un gesto de que se preocupa por mí. No era indiferencia. Y a mí la indiferencia me mata.

Después llegó Alberto. Yo estaba sentado en el rincón del sofá donde me siento siempre cuando llego del curso. Andrea le abrió la puerta e intercambiaron unas palabras. A mí me había parecido que Andrea le estaba contando, pero el que más habló, al final, fue Alberto. Después de intercambiar estos veinte segundos de palabras, Alberto dirigió la mirada hacia el rincón donde estaba yo, con los ojos entre preocupación y emoción. Y yo sentí algo parecido a lo que siento cuando me traen la leña y me dicen “prendéte la estufa que hace frío”, o “dejá que cocino yo, que compré jamón y puse el agua, comamos juntos”. La indiferencia es la peor cosa, y cuando me demuestran afecto, yo me conmuevo, porque afecto en esta tierra, no se ofendan, pero me falta.

Y yo hago muchas cosas para obtener muestras de afecto. Pero lo que me pasó con la moto fue un accidente, de ninguna manera fue un pedido de atención.

Andrea me dio la espalda, se puso la campera y se fue con Alberto en su auto.

Que se vayan por su cuenta yo lo puedo soportar, porque son primos: tienen la misma edad, los mismos amigos, una serie de cosas en común que yo no tengo. Pero que se vayan sin saludar, me destroza. La indiferencia es la peor cosa.

Volvieron a casa a las dos de la mañana arrastrando los pies y llorando como borrachos desquiciados.

Al día siguiente ni los vi. Andrea sale siempre y Alberto se va a lo de la novia.

En los días sucesivos nos cruzamos varias veces, pero ni palabra.

Yo como siempre, saludo. Yo hago de cuenta que no pasa nada, porque sería en vano. Más te llora el perro y más le querés pegar.

Y esto repercute en todo. En el trabajo. En el trabajo es cada vez peor. No logro nunca ponerme al día. Estoy siempre entre los papeles de las semanas pasadas. Han puesto una chica para ayudarme pero yo no logro hacer nada. Las pilas de papeles amanecen ahí como si yo no hubiera hecho nada el día anterior. Es como en esas pesadillas que corrés pero no llegás, que te estirás pero no alcanzás, que bebés pero no se te va la sed.

Y esto es así contínuamente. Es increíble lo mal que me hace la indiferencia. Pero yo hago de cuenta que las cosas no han cambiado. Yo hago de cuenta que todo es normal. Que tengo todo asumido.

Mi psicóloga me decía siempre que uno tiene que hacer cosas por sí mismo. Hacer cosas que a uno le den satisfacción. No depender de los demás. Que cuando uno hace las cosas por sí mismo, ve más claro lo que tiene alrededor. Logra ver con más claridad lo que pasa. Puede entender lo que le está pasando.

Así es que hoy no fui a trabajar y fui al centro, al negocio de Óscar (ya les he hablado de él, es nuestro vecino de abajo, el hombre que se volvió loco cuando se fue su mujer, que grita a la noche, que ve fantasmas, que dice que yo tengo una «máquina a baterías que no lo deja dormir de noche», que confunde la realidad con su imaginación; ya les he hablado de él). Óscar tiene un negocio de accesorior para motos. Cuando entré me saludó con particular simpatía. Me preguntó por Andrea y Alberto. Me preguntó si yo había entendido lo que había pasado, lo que estaba pasando. A mí no me interesaba su punto de vista, así que le dije que sí. Él, de todos modos, me hacía preguntas con dobles sentidos. Preguntas capciosas. Yo lo escuchaba con naturalidad. Empecé a entrever lo que me quería decir. Pero hacía como si fuera normal. Como si ya lo supiera. Él quería que yo me diera cuenta solo cuál era el motivo por el cual Andrea y Alberto no me hablaban. Me acerqué a un parabrizas que colgaba del techo. Me acerqué al espejito. En ese momento sentí un escalofrío.

No dije nada. Pero se me asomaron lágrimas a los ojos. Entendí. Finalmente entendí. Me hizo muy mal, pero por otro lado fue un alivio. Comprendí que lo de los chicos hacia mí no era indiferencia. Era lo único que me importaba.

Mirando el espejito, en el que se reflejaba sólo Óscar, jugueteando un poco le dije a Óscar “este te da una imagen bien amplia, con éste ves los que están atrás, y los que están al costado”, le dije. “Exactamente”, respondió él.

“Un espejo así, hace dos semanas, me hubiera salvado la vida en el Corso Australia”

El accidente en el Corso Australia fue un accidente fatal. Cuando Alberto se enteró fue a buscar mi cuerpo con Andrea y volvieron llorando. En ese momento entendí todo.

“El espejito te lo podés llevar, me cobro con los repuestos que saqué de tu moto”.

Me fui del negocio de Óscar con el espejito. Nunca más me voy a reír cuando dice que ve a los muertos.