Era una excusa
Por mucho tiempo durante mi vida, mis amistades fueron siempre patológicamente unipersonales. Pero eso, llegado a un cierto punto, cambió.
En esa época de morbosas relaciones uno a uno, donde uno se cierra el camino solo, la incondicionalidad era de casa. Te doy todo sin condiciones y de vos espero todo, sin garantías, aunque sé que no me lo darás, y me consolaré con lo poco que podrás darme lamentándome de tanto en tanto (como una privatización a forfait) .
Y para disimular la incondicionalidad, apostillaré una remota cláusula lejana, poco posible y seguramente improbable. Una sola cosa que no te podría perdonar nunca. Una cosa que no harías jamás, pero que ni bien la hicieras, quedarías inmediatamente fuera de mi círculo, de mi camino al rededor de la colina, de la órbita suplicante de mi peripatética amistad patológica.
Era una condición, era una ilusión, era una excusa, era ficticia, y era todo excepto una cosa que pudieras hacer.
Y que de hecho no hiciste nunca.
Hoy que, a paridad cambiaria, ya no somos amigos, ¿quién hubiera pensado que ni siquiera hacía falta que la hicieras?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario