El Amor de Dios y el Estado de Derecho
Lo bueno del estado de derecho, tal y como el derecho positivo de los sistemas jurídicos occidentales entiende la cuestión, es el porqué de tal estado.
El estado de derecho se puede definir como aquél en el cual la ley guía el comportamiento de los individuos para favorecer, si no garantizar, la convivencia pacífica y la promoción personal. Una consecuencia suya, que está también a la base, siendo así causa y efecto, es la protección de los más débiles, un concepto que los teóricos del derecho consideran como la mayor ventaja de tal estado a nivel social.
En un estado de derecho la ley es igual para todos, cada individuo goza de los mismos privilegios (legalmente hablando), y las obligaciones afectan a todos en modo proporcional. Si eso no es justicia, al menos es justo.
En esta ocasión no voy a poner en tela de juicio si Italia es o no es un estado de derecho, sino que voy a dar por descontado que lo es, como lo supone la Constitución de 1948, y me voy a limitar a admitir que el sistema tiene baches que hacen que sea lícito pensar que no lo es.
La cosa que me enferma, es que el estado de derecho a veces exagera. Tal vez el debate intrínseco esté en el hecho de que el estado de derecho se contrapone necesariamente al estado regulado por la ley del mercado (oferta vs. demanda), no lo sé. Lo que sí sé es que proteger al más débil tout court, gran parte de las veces acaba por no ser competitivo.
La lengua italiana tiene una expresión muy útil que no por casualidad la pongo al centro de esta nota. «Estar afuera de la Gracia del Señor». Describe a una persona poco afortunada. El concepto de fortuna en este caso requeriría un análisis extensivo, pero para encanalar vuestras ideas, diré que no hablo ni de lotería ni de amor. Encontrarse fuera de la Gracia del Señor es otra cosa.
Cuando yo no estuve a dentro, el estado de derecho mucho no me pudo tutelar, y perdimos todos, porque la falta de competitividad dentro de un sistema económico se paga caro. Yo pagué con tiempo y dinero, porque sin la moto tuve que ir a trabajar en autobús. Autobuses de un sistema saturado al cual no le sobra nada, excepto exceso de pasajeros. Y mi agregarme al exceso es parte de cómo pagaron los otros.
Ahora que de nuevo motorizado puedo ir a trabajar, mi actividad productiva la llevo a cabo en manera más eficiente, donde eficiente es igual a misma eficacia con menos consumo. De tiempo y de dinero.
Vistas todas estas premisas, y considerando:
· que algunos de los individuos de este estado de derecho tenemos que ir a trabajar,
· que el combustible nos lo pagamos solitos,
· que el tiempo apremia (y que aun cuando no apremiara podríamos usarlo para otras cosas, ora productivas, ora recreativas).
Lo que yo me pregunto es:
¿Sería o no sería tutelar al más débil pedirle al Estado el derecho de poder circular por la ciudad sin tener que ralentizar porque hay gente, improductiva, que va por la calle paseando, fuera de la Gracia del Señor, en los momentos de hora pico?
¿Por cuál motivo, yo, que oscilo entre el cristo y el cristiano, que vivo en un mundo en el cual la optimización del tiempo, de los espacios, de los recursos, (y el uso correcto de los tres), condicionan la supervivencia... ¿por qué motivo yo, que me las arreglo lo mejor que puedo, sin tachar ni que me tachen... ¿por qué motivo yo, que salgo de casa a tiempo y para ir con calma, tengo que bancarme que el Estado dé el Derecho a aquellos hacia los cuales el Amor de Dios ha sido menos evidente?
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